Mas silenciosa que mi sombra

Fragmento Novela

 

44 Martes


Álvaro llamó temprano y yo feliz de escucharlo. Hoy lo vería. Vamos a dar una vuelta a Talcahuano, Tumbes o al aeropuerto, me dijo. Pensé: dónde me lleves está bien, el lugar no importa contigo al lado. Soy una fresca, me digo, por primera vez no me asusta serlo o parecerlo. Apenas tomé el desayuno, la Pepa me miró interrogante, le dije más café y cigarrillos, es todo. Estuve toda la mañana
pensando en él, estaba ansiosa, me di un baño de espumas, me vestí y maquillé especialmente para Álvaro. Verlo me produjo un nudo en el estómago, disimulé
ante él mi nerviosismo, dijo nos vamos por la autopista y puso en marcha el motor, pensé qué extraordinario es encontrarme con un hombre como Álvaro y experimentar esta química indescriptible. Hay peligro en el aire y yo no tengo ningún miedo, igual tiemblo, él me dice, en la guantera hay cigarrillos, enciéndeme uno por favor, hipnotizada por su voz enciendo un cigarrillo para cada uno, la mano me tiembla y una extraña sensación se aloja en mis piernas. Sonríe, lo miro, me dan ganas de comerme esas margaritas que tiene en la mejilla. Álvaro me
asusta por el exceso de velocidad con que maneja, pregunto ¿siempre conduces de esta forma?, me mira, responde, toda la vida, me gusta la velocidad, es
irresistible, yo, miedosa le pido, maneja con cuidado por favor, por lo menos cuando vayas conmigo, sonríe moviendo la cabeza y con su mano derecha acaricia mi nuca. Me siento una niña. Fuimos al aeropuerto, vimos un avión con destino Santiago despegar, nos bajamos, caminamos un poco, regresamos al vehículo, Álvaro condujo hasta los alrededores del aeropuerto. Un viento
incontrolable se irguió en Carriel Sur. Hicimos el amor como trastornados bajo unos árboles, en una de las colinas que cobija el paisaje verde del límite de Talcahuano, a lo lejos observamos el mall con el frenesí que le caracteriza, pese a
ser día de semana había un centenar de vehículos estacionados en el parque que divisamos al pasar. Hacer el amor con Álvaro fue estar cerca del cielo, del cielo y
el infierno. Sus grandes manos me asfixiaron en un abrazo feroz, me perdí entre sus hombros, y me hice nada bajo su respiración desquiciada. Álvaro es un salvaje, lo peor es que me gusta, y mucho. Es el contraste de Matías este volcán. Ni se puede comparar con Tito. Es único, y me da miedo lo que me hace experimentar con su voz, su mirada y su encanto. Hablamos poco, lo suficiente para enterarme que tiene dos niñitas y que su mujer es una histérica con sesos de pájaro para tratar a un hombre y a sus hijas, una egoísta que se echa todo lo que gana encima, me cuenta que se hizo una cirugía estética que le costó mas de diez millones de pesos y que es una sicóloga incapaz de comprenderse ella misma. Confirma mi teoría respecto a los sicólogos, son más desequilibrados que los pacientes, mucha teoría y poca práctica. Álvaro confiesa que sería incapaz de separarse de su mujer por sus hijas, le digo que me pasa lo mismo. Nos quedamos mirando con ojos de prisioneros, con esa mirada que encierra el dolor,
la tristeza que cargamos al no sentirnos amados en nuestros respectivos hogares y lo que es peor, la impotencia de encontrarnos entre la espada y la pared. Nos abrazamos transmitiéndonos consuelo,  infundiéndonos valor tal vez. Me dejó enfrente de casa y al despedirnos aprisionó mi mano con fuerza, al descender, mi corazón saltaba embravecido. Y yo que pensé que no caería en las redes del amor. Llego a casa a las tres de la tarde, la Pepa me dice que llamó Camilo del colegio y que tuvo que ir a dejarle el trabajo de artes plásticas que se le había quedado. Tan atolondrado que es mi Cami pienso y la Pepa continua, que don Alberto vino a almorzar rápido, la miro extrañada y ¿cómo es eso que vino?, se encoge de hombros sin emitir palabra y continuo con un ¡qué raro! ella me mira con ojos agudos y suelta ¿sabe qué señora?, le pareció mal que usted no estuviera en casa a la hora de almuerzo. ¡Vaya! Le digo, ¿Con que le pareció mal?, ante la cara aceitunada de la Pepa, que me lo diga a mí, y añado, si es que nos vemos, yo no soy adivina para saber que va a venir a almorzar, hazme un té por favor le pido desganada y me instalo en el living a fumar un cigarro mientras pienso qué diablos trajo a almorzar al ogro, si casi nunca viene. Me preocupa
Matías, ayer no tuve valor para decirle que había conocido a alguien que me atrajo mucho. Me dio pena al ver su cara de niño sin postre cuando le dije que no quería ir a ninguna cama ni a ningún motel. Peor se puso cuando le dije que sería imposible seguir viéndonos los jueves pues me había inscrito en un curso de gimnasia para entretenerme y romper la rutina. Pese a sus protestas, agregué nada me va hacer renunciar a esas clases Matías, las necesito, ante mi firmeza no insistió, su mudez fue lo que evidenció su reprobación y descontento. Me hice la
tonta, le conté un par de banalidades hasta que logré hacerlo sonreír. Nos despedimos contentos, yo por lo menos, feliz de haberme librado del pesado saco
en que se ha convertido Matías. Me siento canalla. Álvaro me ha convertido en una cínica, me ensombrece este descubrimiento. Ayer lunes no fui capaz de tomar
el lápiz, fue un día oscuro.

Nombre Apellido

Ingrid Odgers Toloza

Concepción, BioBio-Chile

 

 

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