Prólogo a libro de poemas En las frías rodillas

por el poeta Nicolás Miquea -Cañas


¿Desde dónde escribe una mujer cuando escribe? Desde dónde habla y desde dónde, voluntaria o involuntariamente, debe callar. Y algo más importante aún: desde qué lugar es leída y desde dónde es escuchada. Si un libro, como éste de Ingrid Odgers, se plantea desde la cotidianeidad de la mujer, y su apreciación de género confrontado con los valores establecidos, resulta indudable que el problema más importante con el que se tocará es con el de territorialidad. El patriarcado no concede a la mujer más espacios que no sean los ya preestablecidos. Y uno de los espacios que jamás le ha concedido es el de la palabra. La mujer, entonces, no estaría ni antes ni después de la palabra. Ella sólo estaría inmersa en la realidad del lenguaje, una entidad que, dadas estas circunstancias, definitivamente no sería de su propiedad. Por eso es que respecto de la literatura, según palabras de la investigadora Adriana Valdés, “el papel ‘femenino’ por excelencia es el del silencio” (1). Su poesía devendría, entonces, como resultado de un discurso, naturalmente, instaurado desde mucho antes por quienes detentan el poder. Como un producto más de la repetición de los “viejos argumentos de estereotipos de género” (2). De allí la sumisión que se presupone, de partida, en los textos de la poesía escrita por mujeres y la ya insidiosa y reiterada pregunta: ¿se puede decir que exista una escritura femenina? Interrogante que no alude a lo sustancial de su obra: un “contenido experiencial de ciertas situaciones de vida que retratan la ‘autencidad’ de la condición-mujer”, sino a poner en duda su capacidad creadora de objetos artísticos, a través del lenguaje, como bien lo define Nelly Richard (3). Esta es, entonces, la carga adicional con la que parte la mujer que escriba un libro de poesía. No sólo debe luchar por encontrar un estilo adecuado a su proyecto de escritura, sino también debe luchar contra los ancestrales condicionamientos sociales que, bajo el plano de una dependencia y pasividad sociocultural, la relegan al silencio o a la mera repetición de los discursos ya hechos por los hombres.

Cuando nos aproximamos al torrente de poesía que fluye por las páginas del libro En las Frías Rodillas del Mundo, no podemos sino remitirnos, preliminarmente, a estos condicionamientos ancestrales. Ello es una cosa de honestidad ante un poemario que no tolera máscaras ni medias tintas. Estos poemas no son moneditas de oro para agradar a todo el mundo ni epigramas livianitos de sangre para intercambiar formalidades. Así como la poeta desnuda su ser a cada paso ante nosotros, sus lectores, lo menos que le debemos, quienes accedemos a abrir los ojos en su viaje por los tres momentos del libro, es ir hacia sus textos desprovistos de prejuicios y sin plantilla retórica alguna que encasille de antemano sus versos.

A partir de estas arbitrariedades, los territorios que reclama la hablante de En las Frías Rodillas del Mundo, o cualquier otro libro escrito por una mujer, en consecuencia, ya tendrían autor. Porque el amor ya lo tiene y suele ser sinónimo de El Cantar de los Cantares, de Bécquer, de Neruda, Eluard, Rojas, y siempre envuelto en una mirada masculina con su palabra y su sentimiento del mundo y su definición de la mujer. Ya que según nos acota nuevamente Adriana Valdés, la mujer, desde una mirada masculina, no hace poesía, sino que ella es poesía (4). Nos puede bastar para ello recordar la conocida rima de Bécquer que concluye con el verso: poesía eres tú. Existe un Verbo que desde el principio de los tiempos ya tiene nombre masculino. De allí que desde la primera vanguardia, gestada a partir de los años veinte (Neruda, Huidobro, De Rokha), hasta nuestros días, la historia de la poesía chilena se considere oficio hombres. ¿Y dónde ubicamos a Gabriela Mistral? ¿Se puede, en su caso, hablar de una escritura femenina? ¿O fue una travesti que escribía como los hombres, pero los superó en su propio terreno? Si su poesía no tiene algo propio, sólo inherente a su género, si no es considerada la fundadora de ismo alguno, ¿cómo se explica, entonces, que no se halla quedado anclada en el modernismo rubendariano, como por lo demás lo hicieron la mayoría de sus compañeros de generación? Es que, indudablemente, hubo en ella algo más. Un algo más que encarna lo otro dentro de la poesía chilena, pero no en referencia a la escritura y manifiestos vanguardistas de los Neruda o los Huidobro de turno; sino en relación a sí misma, porque en el decir de Simone de Beauvoir, refiriéndose al tema de la mujer, “por un privilegio único, ella es una conciencia” (5), un ser creador pleno capaz de crear sus propios caminos. Pero, en realidad, no sólo hubo un algo más en Gabriela Mistral, sino que también como ella hubo muchas más. Y entre ellas la poeta Winnét de Rokha y Teresa Wilms y María Luisa Bombal. Por eso, en el caso del libro que hoy nos convoca, En las Frías Rodillas del Mundo, la poeta Ingrid Odgers es una voz que reclama sus propios temas: no el amor ya cantado, sino lo materialmente femenino y sus opciones sociales y sexuales. No la palabra (ya dicha), sino el lenguaje en su totalidad como objeto que le entrega la posibilidad de un habla particular y a su medida. No los sentimientos (ya definidos por la palabra de un Adán vertical y totalizante), sino la conciencia de sí misma y una mirada crítica sobre la de los demás. O dicho de otro modo, se trata de subvertir, perturbar el modelo establecido por la poesía masculina y de desafiar a una sociedad evidentemente patriarcal oponiéndole una cosmovisión femenina. Así es como la poesía de En las Frías Rodillas del Mundo abre y explora sus propios territorios, sin sujeción ni delimitación alguna de las habituales y amables zonas de rebeldía socialmente permitidas a la poesía escrita por mujeres.

El aquí y el allá de esta escritura se mueve a través de un marco que se extiende y entrecruza lo público con lo privado. Entre aquello que habitualmente no se dice y se guarda dentro del cálido entorno familiar y la denuncia de lo que, a menudo, dócilmente se acepta como el ordenamiento de una moralidad hecha a la medida de quienes la rigen . Por eso es que aquí la poeta Ingrid Odgers no busca ni mantiene complicidades con la preservación de estructura cultural alguna. Sólo es fiel a sí misma y en palabras de la misma hablante de sus poemas ella viene a ser el resultado de “la furiosa marea que me toca vivir”. Lo puramente privado, sobre todo el mundo de la infancia de quien conduce el hilo poético en el libro, se evidencia, fundamentalmente, en El Dolor, que es la primera sección del libro No obstante pese a que alguna vez dice haber tomado “la sopa delicia de mi madre” (poema Tazas Vacías) ya está latente, desde entonces, el germen de las múltiples trizaduras de esta viajera inclaudicable por los más recónditos pliegues de su conciencia. Pero la ruptura y el dolor serán aún mayor que lo previsible, porque hay momentos en que se reúnen en un solo poema tiempos y espacios, cronológicamente distantes (pero síquicamente mezclados en la angustia), porque la poeta no nos está hablando ya sólo de la fractura de su infancia, sino que del quiebre de las relaciones al interior de la familia que ella, ya en su adultez, había logrado establecer. Así el momento poético conlleva un doble sufrimiento y de este modo lo evidencia cuando escribe: “El huerto se derrumbó/ el silabario del amor filial/ los hijos crecieron/ la magia desapareció en el motor del tiempo” (poema Trizadura).

En la primera parte del libro, El Dolor, formalmente se privilegia lo enunciativo, un decir que más que nada rememora, que vuelve a pasar por el corazón muchos de los episodios que, posteriormente, desencadenaran en El Temporal (segunda parte del libro), el choque emocional que hará predominar lo apostrófico por sobre lo descriptivo. Es una sección del libro de índole esencialmente contestataria, ante la hipocresía y dobles estándares de nuestra sociedad, donde la hablante asume, contra viento y marea, ardientemente sus opciones de vida. Primero, como mujer, y, luego, como poeta. Siempre de la mano de unos cuantos de sus íconos literarios más cercanos (Rimbaud, Cernuda, Mistral, Lihn, Rojas, Lemebel), Así lo dice en el texto Divorcio donde da cuenta de una verdadera poética, en que se entremezclan vida y poesía, a través de los siguientes versos: “... la libertad adquirida/a punta de lanza y palabra”.

Los momentos más relevantes, a nuestro entender , de la segunda parte de este trabajo están marcados por los poemas, El Temporal y Capítulo Cerrado. Pese a que no son poemas correlativos ni es éste el orden en que aparecen en el libro, creemos que el primero marca el clímax de la devastación interior y la voluntad de la poeta de asumir su situación de proscripción cuando nos revela: “Alguien robó mi corazón/y estoy proscrita/devorada por los tábanos/han venido a lapidar mi vereda”. Y luego desde el poema Capítulo Cerrado, texto (a nuestro entender) eje del libro, se irradian los efectos y definiciones de las objetividades representadas, a través del canto, tanto hacia la primera sección de En las Frías Rodillas del Mundo, como hacia la parte final, La Resurrección, donde dice: “La belleza se ensancha en mil lágrimas/ Se abre la caja de Pandora/ es posible reencontrar la paz musitamos”. Asentando con esto que es en la poesía donde la poeta Ingrid Odgers posee sus mayores fortalezas y las dimensiones más consecuentes y productivas de su ser. Ese ser que afronta la responsabilidad de abrir la caja de Pandora, no para guardar o callar las consecuencias de sus actos o los misterios que de ella emerjan, sino para compartirlos (en sus dichas y desdichas), aunque sea en susurros, con otros tantos más que, al igual que las múltiples voces de Ingrid Odgers, viven en la eterna lucha por preservar el derecho a la esperanza.

Cuando en la parte final del libro, La Resurrección, la hablante dice: “La poesía se ha apropiado de mí./Y nace y muere y renace”. Perfectamente, podríamos nosotros, sus lectores, invertir estos versos de su libro y decir que es Ingrid Odgers quien se ha apropiado de la poesía. Y ya la tiene en territorio propio. Podemos decir, y con regocijo, que es Ingrid Odgers quien nace, muere y renace. Porque en estos tiempos ya no se podría hablar de poesía por la poesía ni del su sacrificio de ésta en aras de la pura realidad. El equilibrio, podemos advertir, se da entre los términos de que todo autor tiene su ficción, pero, a su vez, toda ficción tiene su biografía. Lo cual viene a ser el estilo y la verdad que conviven en un libro. Es la proporción que lo hace un objeto artístico único, pero sin dejar de ser la cifra que representa toda una vida: la de aquella poeta que lo escribió y que, a menudo, resultó ser una extraña en el devenir de su propia historia, una viajera del desamor y la poesía, como lo dice en el texto Paralelo, en que podemos leer estos hermosos versos: “Forastera del tiempo/peregrina del canto/descifro los signos”. Es la poeta Ingrid Odgers, a contracorriente, desarticulando y reconstruyendo las diversas maneras en que imaginamos nuestro acontecer y nos soñamos a nosotros mismos.

Nicolás Humberto Miquea-Cañas
PREMIO MUNICIPAL DE LITERATURA
SANTIAGO 2005



(1) Valdés, Adriana: Composición de Lugar (escritos sobre cultura), Editorial Universitaria, primera edición, Stgo., 1996.

(2) Esisler, Riane: Placer Sagrado, volumen 2, Editorial Cuatro Vientos, Stgo., 1998.

(3) Richard, Nelly: Masculino/Femenino, Francisco Zegers editor,
Stgo., 1993


(4) Valdés, Adriana: misma obra citada.


(5) De Beauvoir, Simone: El Segundo Sexo, Editorial Sudamericana,
Bs. Aires, 1999.

Nombre Apellido

Ingrid Odgers Toloza

Concepción, BioBio-Chile

 

 

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